Francisco de Cantuña existió. La capilla que lleva su nombre —en la esquina suroriental del convento de San Francisco, en pleno Centro Histórico de Quito— es un testimonio tangible de su presencia y su tiempo. Pero más allá de la leyenda popular del pacto con el diablo, hay otra historia, una que se transmite más allá del boca a boca, sino que sobrevive por documentos coloniales, libros corales gigantes y partituras manuscritas que conservan, nota por nota, cómo sonaba la vida religiosa alrededor de Cantuña.
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| Iglesia de San Francisco en el centro histórico de Quito, al costado izquierdo se ubica la capilla de cantuña. |
Y ese mundo sonoro es precisamente lo que el profesor Jesús Estévez Monagas, del College of Music (CoM) de la USFQ, ha recuperado tras una década de investigación histórica y musicológica.
La historia de Quito a través de su música
Desde hace diez años, Jesús Estévez ha seguido el rastro de los cantos que acompañaron misas, procesiones y celebraciones en los conventos de la ciudad desde el siglo XVII. No hay grabaciones —la tecnología llegaría siglos después—, pero existen partituras manuscritas en pergamino datadas desde 1635 hasta las primeras décadas del siglo XX.
Son piezas que revelan un Quito sonoro, devocional y lleno de vida. Entre los espacios donde esta música se interpretó, la capilla de Cantuña ocupa un lugar especial.
La capilla y su origen
La construcción de la capilla inició en 1587, cerca de medio siglo después de la fundación española de Quito. Su nombre proviene de Francisco de Cantuña, un indígena adoptado por un colonizador español, quien heredó el terreno donde decidió levantar un templo dedicado a la Virgen de los Dolores. Su intención era ofrecer un espacio de culto para los indígenas de la ciudad.
En los archivos revisados por Jesús Estévez —testamentos, registros contables, solicitudes y respuestas de la época— queda claro que la orden franciscana utilizó este espacio y otros anexos para musicalizar sus celebraciones con 38 libros corales que viajaban entre misiones y conventos.
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| Foto: Tomada del artículo original publicado en la revista Diagonal. |
Los libros de música de aquella época son verdaderas piezas monumentales; 90 centímetros de largo por 60 de ancho, tapas de madera forradas en cuero, y páginas repletas de tetragramas, himnos, salmos y antífonas.
A partir de esos documentos, Jesús Estévez identificó cerca de 60 piezas musicales interpretadas en la capilla de Cantuña. Una de las más antiguas fue escrita en 1671 por fray Francisco De Herrera, célebre copista de libros corales del Quito colonial. Aunque la simbología musical era distinta, estas piezas pueden transcribirse hoy a notación contemporánea, es decir, pueden volver a ser escuchadas.
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| Foto: Tomada del artículo original publicado en la revista Diagonal. |
La respuesta establecía que quienes interpretaran música en el templo debían hacerlo “con cristiana modestia y silencio”. Este hallazgo no solo ilumina prácticas devocionales de la época, sino también la probable participación activa de mujeres afrodescendientes en espacios religiosos y comunitarios del Quito colonial.
Una investigación que vuelve a darle sonido a la historia
Todo este trabajo fue publicado en la revista internacional Diagonal: An Ibero-American Music Review en 2024. Por esta investigación, Jesús Estévez recibió el premio Otto Mayer Serra, otorgado por la Universidad de California en Riverside.
Gracias a su trabajo, hoy podemos entender la leyenda de Cantuña desde un ángulo distinto, no como un mito aislado, sino como parte de una vida comunitaria, musical y devocional que dejó huellas sonoras en los archivos de la ciudad.
Quienes deseen explorar el estudio completo y ver las partituras pueden visitar el siguiente enlace: https://escholarship.org/uc/item/0wn2h0hw
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