Multa por insultar

Artículo de opínión publicado por Carlos Freile en el periódico Aula Magna de la USFQ

Fuente de la imagen: El Universal,  Caracas
No sé si Umberto Eco, que nos ha deleitado tanto con sus agudezas sobre lo políticamente correcto en el hablar, tendrá algún sesudo comentario sobre el nuevo proyecto de ley preparado por una ministra española: la “Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación” contempla multas desde 150 a 500.000 euros por insultar a alguien. No conocemos todavía la escala de denuestos para saber si es más grave gritarle “¡Fascista!” o “Hijueputa” a un individuo que perjudica al equipo de nuestros amores. Pues en eso de los insultos, Eco docet, la subjetividad reina soberana e indiscutida: cualquier vocablo, casi sin importar su sentido, puede ser lanzado como un obús denigratorio, sobre todo cuando el actor tiene capacidad creativa y dominio de los matices (este cronista ha escuchado insultar con un silbido penetrante y decidor). Todo hijo de vecino tiene el derecho de albergar sensibilidad en sus entretelas, por consiguiente de sentirse ofendido al recibir apelativos que considera injuriosos. No sé si nuestros legisladores, tan propensos a dejarse guiar por los maestros de la Madre Patria, seguirán el ejemplo de la señora ministra carpetovetónica; pero si lo hacen alguien deberá morderse la lengua religiosamente todos los sábados. Además, no sabemos a dónde irán a parar decenas de obras maestras de la literatura desde Cervantes hasta Montalvo, pasando por Quevedo y su “Gracias y desgracias del ojo del culo”. (Me corroen la duda y la inseguridad: ¿permitirá Aula Magna la publicación de este artículo completo? Si lo permite, ¿habrá quejas y descalificaciones?)

Junto a la anterior, leo otra noticia, también protagonizada por una dama: Hillary Clinton ha dispuesto que desde el 1 de febrero en las solicitudes de pasaportes en los EE.UU. ya no figuren “padre” y “madre”, sino “progenitor 1” y “progenitor 2”. Supongamos que en un país cualquiera, Macondo, Absurdistán, Ripleyland, o como se llame, se unen ambas disposiciones. Imagínense ustedes al hincha en el estadio con ardientes deseos de empapelar a insultos al criminal que casi le rompió la tibia a su propio Ronaldo criollo: ¿Deberá averiguar en qué orden figuran los progenitores del árbitro en su documento de identidad? Si no lo sabe, ¿cómo puede desahogarse contra el huno bárbaro? Además, ¿qué impacto insultante podrá tener un grito como “¡Salvaje, hijo de mal progenitor dos!?” O ¿cómo quedarán decenas de castizos refranes castellanos, enraizados desde siglos en el habla popular? Imaginemos uno de ellos: “Puta el progenitor uno, puta la hija, puta la sábana que las cobija”, o de manera más correcta aun: “Horizontal el progenitor uno, horizontal la hija, horizontal la sábana que las cobija” (de manera deliberada he dado dos ejemplos, con progenitor uno y progenitor dos, no sea que se me trate de machista por insinuar que la mujer siempre deba ser “progenitor dos”). Ya veo venir la adaptación a la nueva ley de entrañables canciones del lloroso repertorio latino: “Progenitor dos, cariñito santo”, o “Mantelito blanco hecho por mi progenitor uno / en horas de invierno de nunca acabar”, “Progenitorcito dos del alma querida / en mi pecho yo llevo una flor”, “De aquella viejita que tanto adoré / mi progenitor uno del alma que no olvidaré”. Tan tan.


Artículo de Opinión publicado en la Columna de "Editoriales" del Periódico Aula Magna de la Universidad San Francisco de Quito.


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